Cualquiera que me conozca un poco sabe que, aunque más o menos estoy en forma, las largas distancias corriendo nunca han sido lo mío. La natación si. Por eso, cuando hace unos meses un buen amigo Ferran Junoy Roca, una de esas personas que valen la pena, me propuso correr la Media Maratón de Barcelona, sentí un poco de nudo en el estómago que mezcla el reto con la duda. Era mi primera vez y no las tenía todas conmigo.
Desafortunadamente, Ferran se lesionó entrenando y no pudo participar. Una verdadera lástima, porque él fue el motor inicial de este desafío. Sin embargo, el destino me tenía guardada una experiencia muy bonita: correrla junto a mi hijo, Guillem Sanz Boniquet.
Durante la carrera pasé por varios estados. El ambiente era increíble y me empujaba, pero en algunos tramos la duda me asaltó con fuerza. Llevaba semanas arrastrando molestias en una pierna y, a medida que pasaban los kilómetros, el dolor empezó a gritar más que mis ganas. Hubo momentos de silencio interno donde me pregunté seriamente si lograría cruzar la meta .
Pero quien no dudó ni un solo segundo fue mi hijo.
Guillem, joven pero ya un experto fondista, se convirtió en mi ancla. No se limitó a correr a mi lado; tomó el mando de la situación. Gestionó mis ritmos, me indicó con calma cuándo tomar cada suplemento y, sobre todo, mantuvo una energía relajada y disfrutona que terminó por contagiarme. Su seguridad era tan sólida que acabó por disolver mis propios miedos. Logró que yo viviera el momento con presencia y disfrute. Y la terminamos juntos abrazados, riéndonos. Algunas lagrimas de emoción aparecieron también.
Esta experiencia me ha dejado reflexionando sobre la fuerza invisible que se activa cuando alguien decide creer en ti precisamente cuando tú has dejado de hacerlo. En los equipos, y también en las familias, esa transferencia de certeza y confianza es un motor muy potente. Cuando una persona está atrapada en sus propios límites, la seguridad de quien camina a su lado actúa como un préstamo de energía que le permite seguir avanzando hasta que su propia confianza se recupera.
No hacen falta grandes discursos para rescatar a alguien de la duda; a veces, liderar es simplemente estar presente, mantener la calma y proyectar que el resultado está asegurado. Esa fe ciega del otro relaja nuestro sistema nervioso y nos permite liberar un potencial que el miedo mantenía bloqueado. Al final, admitir que dudamos no nos hace más débiles, sino que nos hace receptivos a la ayuda que necesitamos para llegar a la meta. Quizás, después de todo, lo que necesitaba para terminar mi primera media maratón no eran mejores piernas, sino la mirada de alguien que sabía que yo podía conseguirlo mucho antes que yo mismo. Y ese fue mi hijo Guillem. Que suerte la mía.
Gracias Ferran, como dirían, contigo empezó todo.

































































































