Integrando lo vivo en la construcción, es posible crear belleza

Véronique Descharrières, experta en arquitectura de lo vivo, reflexiona sobre la edición de R-Évolution y sobre su práctica arquitectónica, orientada a reconectar a los usuarios con los paisajes y a cultivar la armonía de los ecosistemas vivos.

Véronique Descharrières, arquitecta-urbanista, fue la madrina de la última edición del evento R-Évolution, dedicado a: “la presencia de lo vivo en el edificio, ¿una promesa ecológica en busca de equilibrio?”. Ella lo afirma: ha llegado el momento de que los constructores consideren el entorno como un material en sí mismo y lo conviertan en el aliado de un desafío universal.

Usted, que sitúa la cuestión de lo vivo en el centro de sus proyectos con la agencia VEDEA, ¿cómo lo definiría?

La cuestión de lo vivo en el edificio es compleja en el sentido de que estamos acostumbrados a oponer lo inerte —la arquitectura— y lo vivo —el paisaje—. Sin embargo, en el proyecto del Parque Zoológico de París, donde debíamos instalar más de 2.000 animales en una nueva estructura, fue necesario fusionar estos elementos para responder al bienestar de los animales y garantizar la seguridad de los propios animales, de los cuidadores y de los visitantes. Así, emprendimos un trabajo sobre la arquitectura de un entorno.

Con la arquitectura de lo vivo afirmamos que la arquitectura está en interconexión permanente con lo vivo. El invernadero tropical, por ejemplo: respira, toma aire y permite regular las temperaturas. También en la arquitectura se produce un fenómeno de ciclo casi orgánico. Construir es aprender a cultivar la armonía de los entornos vivos.

¿Puede darnos otros ejemplos concretos de este enfoque?

Para climatizar un espacio, los ingenieros recomiendan una central de aire: tuberías, rejillas, se cierra todo. Esa era la respuesta tecnológica del siglo XX. Hoy, en cambio, se puede templar un espacio de forma natural mediante plantaciones o un muro vegetal – por cuya parte posterior puede fluir una fina lámina de agua – y que, según su posición, será barrido por el viento. Así se utiliza un ciclo vivo: el viento, el agua, el aire, la vegetación, para responder a una función técnica clásica.

¿Cuáles son los proyectos emblemáticos que mejor ilustran este enfoque?

Me gusta citar el “Yanshan International Ecological World”, la renaturalización de una cantera minera en las montañas de Yanshan, en China. Fue necesario recuperar una cartografía hidrológica y poner en marcha invernaderos para crear un efecto de invernadero, con luz y calor, que permitiera a las especies desarrollarse. La idea era favorecer una mejor simbiosis entre el ser humano y su entorno.

Citemos también la villa de vidrio y acero suspendida, en cierto modo, dentro de un parque paisajístico, por la cual recibí el Premio Eiffel. También en ese caso realizamos una investigación para crear, con elementos simples, una expresión clara de la belleza arquitectónica de un edificio.

Siempre intento ver cómo reconectar a los usuarios con los paisajes y con la animalidad que fue maltratada durante el siglo XX. Trato de recuperar formas de compartir el territorio más respetuosas. Me importa profundamente reconciliar al ser humano con su biotopo.

¿Entonces es posible crear belleza incorporando lo vivo en la arquitectura?

Esa era la conclusión a la que quería llegar al final de R-Évolution, retomando una cita de Darwin sobre la belleza. Ahora que hemos superado en parte aquella época tecnologista, me gustaría que en el siglo XXI volviéramos a una estructura viva y vital para la arquitectura, que sea la propia expresión de la belleza tal como puede encontrarse en la naturaleza. Eso es lo que busco: cómo crear, con nuestras herramientas, una belleza intrínseca y evidente para el espacio en el que vivimos. Me alegra que otros arquitectos paisajistas también avancen en esa dirección.

¿Integrar lo vivo es un privilegio reservado a unos pocos proyectos… o un giro que el sector debe asumir?

En el diseño arquitectónico y en la ingeniería —pues es importante integrar a esos ingenieros que trabajan en soluciones de futuro, como la resistencia técnica de las conchas marinas—, todo este trabajo debería tener un sentido determinado: el de recuperar el código genético de la belleza tal como puede observarse en la creación de los mundos vivos. Creo que es una reconquista a la que el siglo XXI debería aspirar.

¿Cómo llevar a los profesionales a orientarse hacia esto?

Mediante el ejemplo, mostrando a través de nuestros proyectos que ciertas soluciones funcionan y participando en encuentros como R-Évolution, para que ello genere una corriente fuerte en el ámbito de la creación arquitectónica. Quisiera destacar los intercambios de altísimo nivel que tuvieron lugar ese día y el interesante diálogo entre generaciones. Estas jornadas contribuyen a abrir el camino hacia nuevas posibilidades.

Para acceder a la entrevista original, acceda a este enlace.