“No hay comunidad allí donde se desdibuja el perfil de la persona”. Jose María Arizmendiarrieta dejó escrita esta afirmación en la publicación ‘Trabajo y Unión’, en agosto de 1964, hace ahora 62 años. Sin embargo, me parece una idea totalmente vigente y necesaria para no perder el norte en los tiempos que vivimos. La he recuperado en plenas vacaciones, mientras repasaba papeles de la universidad, almacenados en casa durante décadas ocupando espacio, pero que me resistía a desechar antes de darles una última lectura. Una última oportunidad.
Estas semanas estivales son una excusa magnífica para detenerse y tomar algo de aire. Compartir buenos momentos con nuestros seres queridos, divertirse, bajar las revoluciones del día a día y, también, reflexionar sobre cuestiones que a menudo dejamos de lado. Es así como me reencontré con la cita con la que iniciaba este artículo. Una cita que contiene dos elementos que han llamado de nuevo mi atención: “comunidad” y “persona”. Dos conceptos que vertebraron el personalismo francés de Mounier, Maritain o Mauriac, una corriente de pensamiento que inspiró tanto a Arizmendiarrieta como al Lehendakari Agirre, y a muchos líderes vascos de su generación.
Agirre vio en esta corriente elementos comunes con la tradición política vasca, y una puerta abierta para reformularla. El personalismo se opuso al totalitarismo y al fascismo, y trascendió las ideologías que propugnaban la primacía del Estado, el mercado o el individuo. Dio centralidad al ser humano, que se desarrolla y alcanza su plenitud desde el compromiso con la comunidad. Abrió un cauce para el desarrollo de los Derechos Humanos, el proyecto de una nueva Europa, el multilateralismo y el Estado de Bienestar. Proporcionó un suelo firme para el fortalecimiento de la democracia, la libertad y la justicia social.
El Lehendakari defendió estos principios en el Gobierno y en el exilio. Promulgó y practicó la “libertad responsable” como causa política. En el frente y en la retaguardia. En Euskadi y en el exilio. Y trabajó incansablemente por la unidad, porque sabía que un pueblo cohesionado y resiliente era el mejor refugio ante la desgracia y la única garantía de futuro. Ha pasado casi un siglo. Y durante este año en el que celebramos el 90 aniversario de aquel primer Gobierno Vasco, recordamos su legado.
Con la recuperación del autogobierno tras la dictadura franquista, nuestro Pueblo pudo resurgir retomando esta cultura sociopolítica anclada en su tradición, y la adaptó a los retos del momento. Euskadi levantó una arquitectura institucional inspirada en aquellos principios y valores que ha sido renovada constantemente, manteniendo siempre el hilo conductor de un modelo de desarrollo humano sostenible, así como el compromiso con el bien común. Principios éticos, desarrollo económico y justicia social. El modelo que hemos defendido siempre y que nos corresponde actualizar y renovar.
Hoy vivimos días de enorme inestabilidad. Guerras y crisis se suceden a gran velocidad, generando una creciente sensación de inseguridad, fragilidad y vulnerabilidad. No pocas personas sienten que se están perdiendo la estabilidad y el bienestar disfrutado durante décadas. Y miran al futuro con incertidumbre y preocupación.
La pregunta es: ¿qué es lo que podemos hacer? ¿Qué hacer cuando los cimientos se tambalean y el futuro se antoja un lugar hostil y plagado de interrogantes? Lo primero, admitir que no existen fórmulas mágicas. Tampoco atajos. Además, nunca he creído en esa idealización del pasado que tan solo nos conduce a reconstruir una realidad edulcorada que, sencillamente, nunca existió.
Lo segundo, aprender de quienes nos precedieron. Nuestra tradición sociopolítica nos enseña que es nuestra obligación actualizar la concepción del ‘humanismo’, que debe ser nuestro anclaje en estos días de zozobra. Humanismo en las relaciones internacionales, la política, la economía, las relaciones sociales y personales. Humanismo global y local, como ventana a la esperanza en un contexto de interdependencia a todos los niveles. Un mundo que no obligue, como estamos viendo estas semanas, a millones de personas a poner su vida en riesgo para huir de la miseria, la persecución o la falta de oportunidades. Un mundo que no se rija por la ley del más fuerte o en el que las personas no sean esclavas de un nuevo tecnofeudalismo. Un mundo en el que la riqueza y el poder no estén concentrados en unas pocas manos y en el que el progreso tecnológico esté al servicio de las personas y no al revés.
Este es el camino que tenemos que seguir recorriendo en Euskadi en este siglo XXI. Dando centralidad a la persona y a su promoción integral, para que pueda desarrollar su libertad y dignidad en relación con los demás y dentro de una comunidad. Porque ser libre implica también participar, comprometerse y contribuir a la sociedad. Libertad responsable. Derechos y obligaciones. Asumir responsabilidades, comprometerse y remar a favor del bien común.
El deber de un Gobierno de vanguardia debe dirigirse a asegurar y enriquecer las estructuras institucionales que permitan a las personas cooperar, convivir y desarrollarse colectivamente, sin dejar a nadie atrás. Porque solo así podremos ofrecer como País las oportunidades para el desarrollo y bienestar integral de las personas.
El devenir de Euskadi desde la aprobación del Estatuto de Gernika de 1979 nos muestra, con evidencias empíricas contrastadas internacionalmente, que el uso responsable y razonable del autogobierno vasco, basado en la tradición sociopolítica del humanismo, nos ha permitido desarrollar una modelo propio y diferenciado de desarrollo socioeconómico en el que hemos sido capaces de integrar competitividad, equilibrio y cohesión social, a la par de construir comunidad vasca y enfrentar los grandes desafíos que han interpelado a nuestro País durante décadas.
Nuestro éxito en estos días de incertidumbre pasa por acertar nuevamente en la actualización de las enseñanzas de quienes nos precedieron. En ser efectivos a la hora de adecuar y renovar el humanismo. Aquella frase de Arizmendiarrieta nos recuerda la importancia de no dejar nunca a nadie de lado, para que todas y todos podamos seguir gozando de oportunidades para desarrollar una vida plena. Tengo máxima confianza en que la sociedad vasca, todas y todos trabajando de la mano y con un propósito común, seremos capaces de lograrlo. Como escribía Artze en ‘Martxa baten lehen notak’: “Bakoitzak urraturik berea / denon artean geurea / Etengabe gabiltza zabaltzen / gizatasunari bidea.






























































































